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LA CABINA EN LA PLAYA

LA CABINA EN LA PLAYA

Una mujer no es sólo una mujer

Una mujer no es sólo una mujer, es también el entorno que interactúa con ella, es el sol que lento se derrama en su cabellera dorándola, mientras yace con el torso desnudo de cara a la ventana mirando el mar. Los tejidos del edredón azul que escalan hasta la curva suave de su espalda. Es el blanco reflejo de las paredes destacando su silueta rosada. —Cuando yo muera me llevaré el dibujo de tu boca para que, donde vaya, tus labios sean mis alas. —Sus ojos chispeantes, castaños, pacíficos como delfines contagian el entorno de paz—. La existencia es demasiado breve para vivirla pensando en la muerte. —Me amonesta con voz de arroyo claro.

Una mujer, a veces, es el furor verde de la hierba bajo los pies, los colores en sus uñitas y la esclava plateada en el tobillo. Es la luz chispeante en la sonrisa, la fragancia de su perfume que impregna mis ropas tras abrazarla. Ella es este momento cuando no quiero soltarla. —Me gusta quienes ejercen la ternura en la intimidad y al amor lo exhiben en la penumbra. —Había dicho la primera tarde—. Los que lo demuestran a diario con una mirada tierna —y yo la seguía queriendo comérmela—. No con una sonrisa falsa en una fotografía pública. — Terminó al quitarse los tacones y caminar descalza por el césped.

Una mujer es la ropa que revela su humor en un momento dado; el seductor vestido ceñido al conocerla, el escote descarado en la blusa roja la primera vez que salimos, las intrigantes gafas oscuras durante la ruptura, el perverso pantalón de piel negra al reconciliarnos, la dolorosa falda larga en el funeral de su amiga, el inaccesible cuello de tortuga cuando se enfada, la relajada mezclilla azul con sandalias al mudarse a mi casa, el lujurioso encaje nocturno en nuestro aniversario o el desnudo hilo playero en este verano.

—Te parecés a las mariposas —. Ella sonríe con el sol molestando sus pupilas a ratos claras. El mar turquesa que revienta en la playa blanca y el sol borroso en un cielo sin nubes, conforman la acuarela pintada por el lado niño de Dios.

Le acaricio el rostro amable y quiero llorar, ¡es tan bello tenerla aquí! Tiempo atrás su alma mariposa rompió el ancla del corazón y voló a solas adentrándose en el miedo de la noche del mundo. —Yo te veía volar tan lejos, cometa en el cielo, y con una plegaria en mis labios te deseaba un vuelo feliz.

—Y al final, mis alas me trajeron hasta usted —. Recostó su cabeza en mi pecho escuchando el corazón que latía al ritmo del océano.

Cuando la conocí ella sentía amar a otro, pero yo esperaba en Dios que me amara a mí. Debí aguardar y fue tortuoso, desesperanzado buscaba en otras pieles, pero me sentía infiel, a ella, a mí, a mi convicción de que era la única…Un día miré en sus ojos y me supe anidado en su alma.

Una mujer es el azul inquieto del mar que ruge por alcanzarla, el rastro de huellas en la arena que va tras sus pies, es la hamaca deshilachada donde dorada reposa y la palmera mechuda que se inclina reverenciándola. Es la flor que en su mano luce más frágil, más tersa y más hermosa. Es el viento en el que parece flotar, es el oro del atardecer en sus ojos, el millón de zapatos, el estuche del maquillaje, la colección de carteras y las fotos que se toma.

El ventilador murmura pegado al techo de la cabina, —quiero una hija tuya que tenga tu rostro y tu alma generosa —. El sol navega en los bondadosos pechos blancos, entre las islas de los pezones rosados. Veo de nuevo el destello metálico en la mirada perversa, como un relámpago al atravesar el cielo del mar. Es buena pero, a veces, gusta ser mala, y acerca mi boca a sus labios estrechándola, transmitiéndome su espíritu de fuego, prendiéndome en llamas.

Una mujer no es sólo una mujer, son treinta años de sabiduría, es mi corazón que se acelera nervioso al sentirla, la gente que mira sus caderas al caminar. Ella es la melodía divertida con la que baila, el sabor del trago en su paladar, el brillo en sus labios, el estrecho paso de aire que separa nuestros cuerpos, la cama de sábanas blancas, -pequeña parcela expropiada al cielo-, donde su cuerpo desnudo, sin pudor, descansa relajado tras hacer el amor.

El peso de algo liviano en su frente la despierta resbalando al incorporarse, —¡qué es! —Entre sonriente y dormida. Busca por la cama, no lo encuentra y se quita los cabellos castaños del rostro con las manos afectuosas. —¿Qué es? —Y tomo su pie pequeño y, en el dedo más chico, coloco la sortija con el diamante tacaño. Sonríe y me mira resplandeciente, más que el sol…

Una mujer no es sólo una mujer, es todo el universo gravitando en su piel.

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    Por: Vallejo Fernández

    Francisco José Vallejo Fernández, nacido en San José, Costa Rica, el 11 de noviembre de 1970. Licenciado en Derecho, egresado de la Universidad de Costa Rica en el año 1993. Asistió a talleres literarios para escritores en los años 2000, 2002 y 2003, publicando algunos relatos en las antologías anuales de los talleres.

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