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TESTIGO

TESTIGO – Terremoto en Ecuador

Si las tragedias sirven de algo en la vida, que esta sirva para abrirnos los ojos. Nos han venido un “cuento político”. Nos han dicho que nuestro país está separado por líneas invisibles entre los “pelucones” y el “pueblo”. Han plantado en nosotros una semilla de odio, culpando a otros de todos nuestros males. Han puesto como una calcomanía encima del gasto público, culpando al déficit económico al sector privado. Han creado rivales entre hermanos. Con su idea “revolucionaria”, han dividido nuestra patria.

El día sábado 16 de abril del 2016, un movimiento oscilatorio sacudió a mi país. Cuando salimos a la calle, junto con mis vecinos pensamos que se trataba de un simple temblor, sin embargo, un terremoto con magnitud de 7.8 destruyó la costa ecuatoriana. Algunos de los rincones más olvidados de mi país, como Canoa, Muisne y Pedernales quedaron aislados completamente, ya que el paso que habían construido las “carreteras” que se construyeron durante estos años de gobierno quedaron destruidas.

Pero lo que vi a continuación me dejó completamente anonadada…

Vi a estudiantes de las universidades más caras del mundo desde Europa hasta Estados Unidos, pagar de sus propios bolsillos, hacer equipos dentro de sus universidades con gente que compartía algo en común con ellos: una nacionalidad. Los vi crear fondos para recolectar donaciones y  auspiciar entre sus compañeros extranjeros de diferentes nacionalidades, unidos en un esfuerzo por salvar a su país.

Vi a la empresa que más invierte en publicidad suspender sus actividades publicitarias, sin importar sus propios fines de lucro, para donar toda esa inversión para socorrer a la gente que necesitaba un rescate inmediato después de tres días o más.

Vi montañas de agua embotellada siendo puesta en camiones a las salidas de los colegios “pelucones” en cartones con mensajes de “fuerza” y “estamos con ustedes”.

Vi a las corporaciones más grandes del país donar millones, asegurándose de que el dinero verdaderamente llegue a la gente que lo necesitaba y no se pierda en fines burocráticos.

Vi a la gente con la que puede uno encontrarse cada viernes en las discotecas caras y que se podría pensar que son los más egocéntricos y banales dejar todas sus intenciones de lado y hacer grupos de ayuda con sus grandes listas de contactos para viajar juntos con el único propósito de brindar un hombro sobre el cual alguien pueda llorar el dolor que debe causar el perder a una familia bajo los escombros.

Vi a los países más imperialistas movilizar y poner a disposición ayuda de rescatistas profesionales que para que encuentren a gente que tras días de oscuridad seguía viva bajo lo que un día fue su hogar.

Vi a una madre buscando a su hijo bajo montañas de ladrillos, vi a una niña cambiar sus juguetes por agua de beber, vi al cadáver de una joven de dieciocho años, que tenía toda una vida por delante desparramada en el piso sin ser identificada.

Vi a un héroe que anda en bicicleta vendiendo empanadas dar su granito de arena en la recepción de las donaciones, de corazón.

Vi a mi país llorarle a la patria, vi la manera en que la gente que tenía la posibilidad de hacerlo alzó la frente en alto y sostuvo de la mano a quienes no podían pararse para susurrarles cual canción de cuna el “yo nací aquí”.

Entonces entendí que la solidaridad no se basa en la redistribución de la riqueza, y que una patria no se construye por medio de propagandas y canciones de “infinito amor”. Entendí que la gente ecuatoriana no nace con una marca de benevolencia o maldad, de arribismo o de pobreza. Entendí que más allá de nuestras posiciones políticas, nuestros ideales sociales o condiciones económicas, todos tenemos el mismo espíritu cuando vemos que una fuerza más grande que nuestra voluntad se interpone en el camino.

No, no estamos divididos por nuestras diferencias, por nuestro color de piel, por nuestras tradiciones culturales, por nuestras clases sociales. ¿Por qué? Porque al final del día, tenemos una cosa en común: todos somos ecuatorianos. Somos hermanos, hijos de la misma tierra, y cultivados por los mismos rayos del sol radiante. Que nadie nos quite eso, que nadie nos arrebate el derecho a darnos las manos como la familia que somos. Que nadie logre manipularnos llenándonos de odio, porque ya hemos demostrado que nuestra capacidad al mantenernos juntos es mejor que las promesas vacías de los que tratan de ganar votos poniéndonos los unos contra los otros.

Escrito por:

Ana Martina Romero-Cordero

Estudiante
Colegio Americano de Quito, Ecuador

 

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